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| Juan Luque |
Un día escribí algo de amor, tendría como doce años. Ví la máquina de escribir encima de la mesa, con un papel ya colocado y escribí, solo por oir el sonido de las teclas golpeando el rodillo ese negro.
Mi hermano pasó por alli, lo leyó y quería que confesara. Yo no tenía nada que confesar, porque lo mismo podía haber escrito una receta de cocina, pero él erre que erre.
Mi hermano había visto muchas películas y para sacarme información, un día me sacó al balcón y me ató a la silla, mejorando la técnica sobre la marcha, me colocó un vaso de agua delante, inalcanzable. A mí me daba la risa. Creo que no consiguió nada y un día terminó la tortura.
O se cansaría del juego y entonces me contrató para su circo. Éramos entre contorsionistas y acróbatas y actuábamos en pijama, mientras mi madre se creía que hacíamos la tarea. Él hacía además de presentador y llegamos a ser bastante famosos.
Hay algunos hombres que me recuerdan a mi hermano, así, como de pasada, son solo ramalazos.
Pero él es el único hombre que conozco, que tiene paciencia para enseñar a conducir. No grita, no insulta y no se echa las manos a la cabeza si carraspean las marchas. Yo sé cómo se cogen las curvas cerradas gracias a él.














