Los viejos del parque se sientan en los bancos buscando el sol que les calienta los huesos.
Esos viejos que no protestan cuando paso con el perro, que intentan hacerle una caricia y tienen ganas de contar sus historias.
Estos días no hay nadie en el banco, hace demasiado frío.
Pero al volver a casa, me veo de vieja en el banco, con el viejo más pícaro sentado a mi lado, diciéndome alguna cosa, que me hace sonrojar como una vieja en plena pubertad.