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jueves, 14 de octubre de 2010

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Cuando me iba de vacaciones, me despedí efusivamente de todo el mundo en el trabajo, regué todas las plantas, dejé la mesa como una patena y salí eufórica.

Al día siguiente volví a trabajar humildemente porque me había confundido de día.


Ando últimamente un poco preocupada por mis despistes constantes con las fechas, que van en aumento a pesar de apuntarme todo en mil calendarios.

En realidad a mí me da igual en qué día vivo, pero hay que aparentar que se controla la situación.

Será que estoy algo desquiciada o igual tiene razón mi madre, será que no pongo interés.

Por eso he decidio retomar el yoga, que dicen que calma el cuerpo y el espíritu.

De momento no noto nada.

El profesor no es muy espiritual, menos mal, porque me niego a cantar en sánscrito.

Lo de estirar los músculos no se me da mal, pero lo que no consigo es la meditación, o sea, apartar todos los pensamientos que vienen a la cabeza.


A las diez de la noche, tumbada en una colchoneta, a media luz y tapada con una manta, el cuerpo se relaja fácilmente, de hecho lo que me gustaría, es teletransportarme directamente a la cama.

Pero la mente, eso es otra cosa, se desboca, más que nunca.