martes, 22 de enero de 2013
akelarre
La vida sigue.
Y sigo soñando. Por suerte.
Me gusta mucho soñar y poder recordar lo que sueño.
Sueño como si fuera pequeña, como si tuviera diez años.
En los sueños, los asuntos son viajes o recorridos en coche o en barca. Sueño con mi padre que siempre es amable y sabe cosas interesantes.
Iba en coche con mis padres, como cuando era pequeña. Mi padre tenía paciencia para que yo pudiera aprender las cosas bonitas de la vida, pero mi madre solo estaba ahí.
En realidad. mi padre conducía despacio para que pudiera fotografiar el cielo, un cielo rosa, con siluetas de árboles maravillosos. Yo mirando desde el cristal de atrás del coche, de rodillas en el asiento.
En la realidad del sueño.
En el recuerdo.
Hay un lío de realidades, que vuelven de noche. Y bailan desnudas en la oscuridad.
En alguna de ellas, mi padre era vulnerable. Y mi madre impasible. Imperturbable.
Ahora la vulnerable es mi madre. Ha llegado el momento de suavizarle la realidad, de no contarle todo, pero de contarle algo para que no se sienta excluida.
Mi tía recuerda cosas diferentes de cuando eran pequeñas. Y mi madre cree que miente.
Hay realidades que mi madre no verá nunca. Cree que solo hay una.
Yo ahora veo que casi toda la gente es más amable, y no creo que estén mintiendo.
domingo, 23 de diciembre de 2012
asideros
![]() |
| la luz que se filtra por mi ventana |
Las letras, las letras formando palabras, la tipografía, la tipografía urbana, la tipografía en cualquier parte, las letras chinas, las árabes, la letra que tiene la gente.
Los collares de abalorios, las rayas de colores, los lápices, ordenar las pinturas por colores, ordenar las pequeñeces.
El viento en el pelo, el pelo pelirojo, el pelo largo, las trenzas, el pelo revuelto de la gente, el olor a viento en el pelo.
Las telas africanas, los tocados africanos, la gracia de los negros para ponerse cualquier cosa en la cabeza. África.
Los niños durmiendo, su respiración, los pies de los bebés.
Los tejados, las tejas, la nieve en los tejados, poder ver los tejados de una ciudad desde lo alto.
Los cielos de este otoño, acuosos, que parecen acuarelas.
Los dibujos a lápiz, los garabatos, los bocetos, cualquier dibujo sin pensar, dibujar caras.
Los colores de las comidas, una mesa preparada con esmero, un mantel limpio, el ruido del vino al caer.
Las amapolas, su fragilidad.
Las bicicletas, la gente en bici, las bicis antiguas.
Las fotos antiguas.
Los perros, sus narices negras y húmedas, su fidelidad, los cachorros, su torpeza al andar, las miradas de los cachorros cuando quieren algo y ceder a esa mirada.
El sigilo de los felinos.
La fuerza de los caballos y a la vez su fragilidad.
Las tiendas de chocolates.
Los cactus, las piedras.
Los corazones, las cosas que parecen corazones.
La luz, la luz tenue, la luz de la mañana y la luz de la tarde, la luz que se filtra, la luz de las velas, las velas con olor, las velas que huelen a vainilla.
Los trenes, las estaciones, las vías y los cables, las despedidas desde un tren, los relojes de las estaciones, la palabra ferrocarril.
Los libros, sus portadas.
Las terrazas, la gente en las terrazas, las colchonetas, los cojines, las hamacas, los columpios.
Los sifones, las botellas.
Los árboles, las siluetas de los árboles, las ramas, las raices, las hojas, las hojas de los árboles por el suelo, recordar el ruido pisando las hojas, los cerezos en flor.
La madera, las contraventanas de madera, Las mesas viejas de madera, el olor a madera.
El mar, el agua, el ruido del agua de un río pequeño, las olas.
Los zapatos de sevillana, las zapatillas de ballet, los tules, las gasas, las telas vaporosas.
El silencio y la blancura de la nieve.
lunes, 17 de diciembre de 2012
otros fríos
Quisiera ser cálida y acogedora.
Y saber qué cosas me he perdido por no serlo.
Pero soy más bien fría, o así me ven, aunque yo sienta todo el rato el calor por dentro.
Ni falsa, ni empalagosa, pero un poco menos distante sí, me gustaría.
No medimos la distancia con la que queremos relacionarnos, simplemente te colocas ahí donde te sientes cómoda y si se acercan demasiado retrocedes.
Será porque si te dejas mirar de demasiado cerca, se ven mucho las debilidades (y las patas de gallo), pueden ver que en realidad, lo que más necesitas es a la gente, que te quieran, que te abracen, tan cerca pueden ver que tienes miedo de perder el control y abandonarte.
Cada uno es como es. Yo ignífuga de piel.
martes, 27 de noviembre de 2012
amor-alimento
Cocinaría.
O pondría un restaurante.
Para dar de comer a la gente que me gusta.
Con canela y piñones. Queso y uvas.
Todo empieza con el amor maternal, ese que te alimenta,
que te da lo que necesitas antes de que sepas pedirlo.
Por eso está lo de comerle a besos y devorarnos o eres muy dulce.
Y nos deleita probar de su plato o que te den de comer a la boca.
sábado, 17 de noviembre de 2012
algo tiene que ser
Me despierto a horas capicúas y pienso que tiene que ser algo.
En el cielo veo acuarelas que tendría que pintar,
con gris de payne y magenta,
húmedo sobre húmedo.
Duermo mal y me despierto,
me siento al borde,
y no es otro borde,
que el borde de la cama.
Me despierto y son las 6:19, que no es capicúa,
pero boca abajo se lee igual.
martes, 6 de noviembre de 2012
murciégalos (murciélagos)
Me gusta la gente que sabe transmitir su pasión por alguna cosa, cuando hablan, noto que me quedo escuchando pasmada, en realidad el motivo de pasión no importa mucho, es más el entusiasmo que ponen y que contagian.
Hace poco, me apunté a un recorrido para conocer mejor a los murciélagos, es el año internacional del murciélago, pero me movió lo de hacer alguna actividad con mi hija, juntas, porque veo que poco a poco le voy sobrando.
Los murciélagos caen bastante mal a la gente, no son muy populares, lo más popular de los murciélagos es Batman, pero pasa como cuando conoces a alguien un poco más a fondo, que empieza a caerte bien y le coges cariño. Coger cariño a un murciélago parece difícil, porque tocarlo, es bastante repelente, tienen una textura como de terciopelo y parece que en cualquier momento se van a romper, con esas alas plegables.
A favor del cariño, está que son mamíferos y si adoptas uno recién nacido le puedes dar biberón.
Salimos por la orilla del río cuando estaba anocheciendo y los expertos iban uno al principio y el otro al final del grupo, dando explicaciones. Llevaban un aparatejo carísimo que servía para oír los sonidos que emiten los murciélagos, porque el oído humano no alcanza a oír esas frecuencias.
Inesperadamente, del aparatejo del experto número uno, salió un sonido como hihihihihi, medio en éxtasis e ignorando al grupo, se puso a hablar con su colega de atrás:
-¡El murciélago herradura! he oído pasar al murciélago herradura!
-¡Noooo!
-¡Sí, tío, el herradura! hace 5 años que no lo oía!
Estuvo tan emocionante, los hijos abrazando a sus padres, y los padres y madres dándonos las manos, habíamos tenido la suerte de oír ese hihihihihi tan escurridizo.
En fin, sí, estoy exagerando un poco, pero es que cuando alguien te explica cosas, tendría que ser así, si me hubieran explicado de esa forma la química orgánica, ahora no sería una extraña para mí.
También este verano, conocí mejor a las abejas, cuando un apicultor, aunque yo toda la vida le he llamado el mielero, tuvo que venir a casa a llevarse el panal que se nos había instalado en una persiana, también nos dio una lección emocionante, sobre el miedo, sobre los distintos tipos de zumbidos y muchas cosas más. Pero a las abejas, fue muy fácil quererlas, porque nos dejaron un montón de miel.
miércoles, 31 de octubre de 2012
conquistas
Hay bárbaros con-sentimientos.
Y soldados bobalicones
que ni se enteran de que hacen daño.
Hay valientes de corazón,
que no se conforman con un poco
e intentan conquistar el reino entero.
Es como la historia del mundo,
la tierra no es de nadie
y en lugar de disfrutarla,
gastamos la vida,
queriendo ponerle nombre.
lunes, 15 de octubre de 2012
ideas de bombero
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| Schiele - Abrazo vertical |
Decía que quería tener una historia romántica, pero yo creo que quería decir pasional. Todo el mundo tiene que vivir, al menos una vez, una historia pasional y él no la había vivido.
Sin embargo y a pesar de reunir muchas condiciones, no conseguía despertarme la pasión. Si me empeñaba mucho, sí asomaba una pasioncilla, lo podía conseguir por ejemplo, mirando fijamente el piquito que tenía en el labio. También podía funcionar oyendo su voz en los mensajes que me dejaba en el contestador.
Era guapo, era bombero, era detallista y buen padre de su único hijo, pero ¿que fallaba? ¿el lío que se cocía en su cabeza? ¿esos libros rancios que leía?
Seguro que me influía todo el tiempo que pasaba hablando de su ex mujer, que le hacía chantaje emocional, aunque él no lo supiera.
Hablaba tanto de ella que era como de la familia, le llamaba siempre por su nombre y yo le puse cara, veo muchas versiones de ella cruzándose conmigo por la calle, podría ser agradable si no fuera por un gesto un poco agriado, con mechas rubias, como tantas y dulce veneno en la sangre.
Todavía no he podido volver a oír las canciones que me mandaba, oírlas era otro truco para alimentar un poco la pasión, hace un rato he visto el CD por el suelo y no tenía ganas de recogerlo, le he dado una patada y he disfrutado viéndolo rodar escaleras abajo.
Me extrañó mucho la lámina de Egon Schiele que tenía en el baño, ese pintor de líneas violentas y obscenas posturas.
A mí me encanta Schiele pero a él no le pegaba nada y ese detalle me produjo muchos quebraderos de cabeza: -no será suyo, se lo habrán regalado, será de Teresa, estaría ya allí, porque esa casa ¿será suya? ¿habrá vivido allí con Teresa?
Ninguna otra cosa, ni el sofá de piel resbaladizo, ni esas cestitas con bordados a punto de cruz, me producía tanta curiosidad como la lámina.
Pero se me hizo muy difícil desentrañar esos interrogantes, porque después de esa desastrosa noche que subí a su casa, ya hubo muy pocas oportunidades de preguntar.
Fue un desastre a lo grande y los hombres no pueden soportar las noches-desastre.
Las siguientes veces que nos vimos, fue como si el desastre no hubiese ocurrido, pero ahí estaba en forma de niebla espesa. Otra vez volvíamos a despedirnos en el portal, como si fuéramos novios eternos.
El caso es que a mí no me importaba, solo me importaba que a él le importara.
Las noches desastre se pueden enderezar si hay más noches, pero quedan grabadas a fuego si es la única vez. Con sentido del humor, incluso se pueden convertir en algo divertido, pero el humor no era su fuerte, o no entendía mis gracias, seguramente no teníamos el mismo humor.
Que me llevara en brazos fue encantador, pero luego pensé si no sería una deformación profesional, especializado en el área de salvamento de personas. Lo demás fue como si inconscientemente quisiera estropearlo todo, preguntando cada dos minutos, preocupado por si me estaban doliendo las rodillas, hablando cuando no debía, poniendo pegas, ahí no toques que me da cosa, pidiendo permiso, y al final, como para rematar, sus jadeos exagerados, pero ¿cómo se puede jadear tanto? la que jadeo soy yo y me estaba pisando competencias.
Seguramente no nos hubiéramos entendido, ni de noche ni de día, pero es tan duro, es como no haber estado a la altura, como no estar nunca a la altura.
Pero sé que acabo saliendo a flote, lo consigo cuando cambio de género y paso de la tragedia a la comedia, cuando consigo reirme del asunto.
jueves, 11 de octubre de 2012
misiones
Estas últimas noches ando liada con misiones que me encomiendan. Hoy tenía que buscar unas botas y un cráneo. No tengo ni idea de quien eran, ni porqué tenía que ir yo a buscarlos.
Recorría aulas de una universidad o salas de hospitales en edificios interminables, pero no encontraba más que cosas viejas, inservibles, amontonadas para tirar o retirar, yo pensaba que tendría que ser yo la que limpiara todo eso, porque nadie lo hacía, pero no en este momento, ahora tenía que seguir buscando.
Garajes de suelos mugrientos, bidones llenos de grasa y otros líquidos negruzcos, colchones enrollados con cuerdas, recipientes gigantes llenos de telas viejas, como si alguien lo hubiera apilado todo para tirar, polvoriento y con la mugre acumulada de muchos años.
A lo lejos, en una esquina localizo las botas que andaba buscando, unas botas hasta el tobillo, grandes, de ante, muy usadas y me apunto un tanto, pero tengo que seguir buscando el cráneo.
Era una cabeza que se había convertido en cráneo hace poco, y por eso era posible que tuviera trozos de carne que todavía no se habían descompuesto.
Pregunto a alguien que por fin sabe algo, una profesora de la universidad, me da pistas, me dice que seguramente todavía tendrá el nervio óptico (lo llamábamos óptico pero en realidad era el nervio auditivo), por fin aparece, alguien me lo trae, efectivamente era un cráneo grande y todavía tenía restos, como cuando un niño no limpia bien una pata de pollo al comerla. Y el nervio estaba colgando, larguísimo, del color y la textura de un calamar pero sin tinta.
Recorría aulas de una universidad o salas de hospitales en edificios interminables, pero no encontraba más que cosas viejas, inservibles, amontonadas para tirar o retirar, yo pensaba que tendría que ser yo la que limpiara todo eso, porque nadie lo hacía, pero no en este momento, ahora tenía que seguir buscando.
Garajes de suelos mugrientos, bidones llenos de grasa y otros líquidos negruzcos, colchones enrollados con cuerdas, recipientes gigantes llenos de telas viejas, como si alguien lo hubiera apilado todo para tirar, polvoriento y con la mugre acumulada de muchos años.
A lo lejos, en una esquina localizo las botas que andaba buscando, unas botas hasta el tobillo, grandes, de ante, muy usadas y me apunto un tanto, pero tengo que seguir buscando el cráneo.
Era una cabeza que se había convertido en cráneo hace poco, y por eso era posible que tuviera trozos de carne que todavía no se habían descompuesto.
Pregunto a alguien que por fin sabe algo, una profesora de la universidad, me da pistas, me dice que seguramente todavía tendrá el nervio óptico (lo llamábamos óptico pero en realidad era el nervio auditivo), por fin aparece, alguien me lo trae, efectivamente era un cráneo grande y todavía tenía restos, como cuando un niño no limpia bien una pata de pollo al comerla. Y el nervio estaba colgando, larguísimo, del color y la textura de un calamar pero sin tinta.
viernes, 5 de octubre de 2012
espiritualidad
Hasta la espiritualidad se está convirtiendo en un producto de consumo y yo en una consumidora.
Me siento un poco así cuando voy a hacer Tai Chi, en coche, oyendo musiquita occidental y al llegar, nos saludamos muy orientales todos, el profesor (¿habría que decir maestro?) lo hace con soltura y los demás de momento, sosteniendo la sonrisa rígida.
Quería empezar a hacer ejercicio cuanto antes, después de un tiempo sin moverme, aprensiva con un tobillo accidentado y habiendo dejado de fumar.
Y sí, se hace ejercicio practicando Tai Chi, parece mentira, con movimientos lentos pero también se suda.
Y qué bonito es que los nombres de los movimientos sean tan líricos:
-Manos como nubes
-La grulla blanca despliega las alas
-Coger el tigre y subirlo a la montaña
Pero no hay que dejarse engañar por la lírica, el Tai Chi es un arte marcial y los movimientos son de lucha, solo que comercializado para el consumo occidental y vendiéndonos el bienestar personal.
Al final, cuando nos vamos a casa sintiéndonos etéreos y pasamos por la sala en la que hacen body balance, nos asomamos y vemos a la profesora gritando, qué brusco y mundano nos parece todo eso. Lo sé, aunque nadie lo diga expresamente.
En realidad yo lo que quiero es avanzar y poder empezar a usar la espada.
HIA!
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