miércoles, 2 de octubre de 2013

amor y muerte





Me levanto cuando todavía está oscuro y con esa negrura en la calle, la gasolinera iluminada, parece acogedora.

El hospital en obras, siniestro.

Me encuentro a mi madre en bata por el pasillo, buscando dónde ducharse. Y todos los demás parecen saberlo todo, integrados en el ritmo del hospital, en ese ir y venir que recuerda a un hormiguero por dentro.

Camino del quirófano, el camillero intenta orientarme, pero a mi todo me parece un laberinto.

En la sala de espera tengo ganas de llorar. No estoy triste, es como una tristeza residual que refluye.

Me siento a esperar y consigo retomar el libro olvidado. Naoko y Watanabe se escriben cartas entre el murmullo de todos los que esperamos. Un amor imposible. Parecen más, los amores imposibles.

La puerta automática, la frontera donde ya no se puede pasar, se abre y cierra mil veces. Casi nadie se pone las calzas para entrar. Los médicos marcan su estatus, con su andar, con su mirar, ellos sabrán cómo.

Naoko ha muerto. Se ha suicidado. Ha elegido el lado de la muerte. Y el médico me informa de que todo ha salido bien.

La compañera de habitación, también está más cerca de otra vida que de esta. Ha sido guapa, seguro,  pero ahora impresiona su perfil, con la nariz aguileña, la boca permanentemente abierta y su cuerpo  inmóvil, aunque no tendría porqué. Reconforta ver a sus hijos cuidándola, le acarician el pelo, le llaman Carmencita, le dan de comer a la boca y le hablan sin saber si oye o si entiende. No le interesa la vida y todavía queda algo de su belleza.


Me acerco a ver a los gemelos que han nacido, la niña estaba en la incubadora, y a él lo encuentro tan pequeño, tan poca cosa, veo tanta vida por delante en tan poco cuerpo. 

Me quiero deshacer del pesimismo que últimamente me acompaña. Pesimismo de este mundo, de todas las noticias morbosas, de la guerra de siria, de tanta guerra, del amor desmedido por el dinero, de lo insaciable del deseo de poder, de la ineficacia de las instituciones, de la impotencia.


Y a la vez presiento que es inútil intentar deshacerse, porque todo es amor y muerte que se entremezclan. El amor tiene muchas formas. Y la muerte también.

La vida entera es eso.

9 comentarios:

  1. Magnífico retrato de un momento de tu vida.

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  2. Algo muy parecido me ocurrió el otro día, en la sala de espera de los quirófanos, sobre las diez de la noche, mientras esperaba una operación sin complicaciones de mi padre. Una familia destrozada pendiente del hilo de esperanza que cuelga de un "hay que esperar para saber cómo evoluciona en las próximas horas", entrecomillado que se repetía y se repetía en las conversaciones de teléfono. Y en apenas 6 metros otra familia dando los detalles del parto, repitiendo en el móvil que no dejaba de sonar el mismo mensaje "todo ha ido bien, la niña pesa tres kilos y medio". Tan cerca están la puerta del vivir y del morir, apenas las separa una vida.


    ¿Hay vida antes de la muerte? Aunque te venga la vida en ello que sea que sí.

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  3. Esta es la vida, en efecto. Amor y muerte. Pero amor. Un abrazo.

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  4. Juntos de la mano van...
    Mi película preferida es Paseo por el amor y la muerte de J.Huston.
    Nada extraño en ello.

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  5. Saber que la vida es eso, amor y muerte, es saber ya mucho, ¿no crees?. Así que, una vez descubierto, a exprimir esa vida con amor, con mucho amor. Me alegra que la operación haya salido bien.
    Besos, Claudia.

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  6. muchas veces las personas se centran en tener, en la posesión de cosas... bienes, estatus... y al final la muerte nos llega a todos, la enfermedad, la tristeza, la miseria y la impotencia. creo que es cierto eso que todos somos iguales frente a la muerte.

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  7. Es fácil contagiarse del pesimismo en los tiempos que corren. Menos mal que hay pequeños momentos de amor que ayudan a enfrentarse a toda la muerte que nos rodea y se presenta de múltiples maneras.

    Un beso

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  8. describes muy bien el ambiente hospitalario y todas las cosas que hacemos cuando lo visitamos y lo que pensamos... el contraste entre la vida y la muerte, la vejez y la infancia...

    es difícil mantener el tipo en esos lugares... por eso, la literatura siempre es un buen recurso para ausentarse del mundo real... claro que Tokio Blues... en el que se muere hasta el apuntador... no sé yo... quizá una lectura más divertida fuera lo acertado.

    espero que todo vaya bien, ojalá que todo sea ficción.

    biquiños,

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